Nunca me hubiera imaginado tener unas primeras-segundas veces en mi vida. Pero las tuve. Fueron muchas en poco tiempo. Dicen que las primeras veces no se olvidan pero yo, ya me perdonáis esta memoria mía, pero no recuerdo como aprendí a andar, como aprendí a comer, a masticar, a mantenerme en pie, a conseguir atarme el botón de los tejanos, a escribir mi nombre propio con boli en un papel.

Llegó un día en el que mi cuerpo lo “desaprendió”, con 21 años me olvidé de todos esos aprendizajes que nos dan autonomía, y durante los años que siguieron tuve que armarme de valor y aprender lo aprendido.

Yo ya sabía andar, hasta mis 21 años lo hice de forma automática, pero mi cuerpo, en particular, mis piernas, ya no se acordaban. O lo recordaban de forma muy fugaz pero eso, en ese momento, no me valía. Me caí muchas veces en el intento de poner un pie detrás del otro y cada golpe dolió lo suyo, porque sabía que no era lo mismo caerse desde la altura de una niña chica que desde mi metro setenta y cinco.

¿Por qué me pasó eso? Porque uno de los síntomas del Síndrome de Brown Vialetto Van Laere (BVVL) es la debilidad muscular y a mí me regaló unos pies equinos.

El pie equino es una deformidad del pie humano. También lo llaman “tacones invisibles” y francamente, la persona que se lo puso tiene mucha chispa (me parto y me mondo) pero lo hizo de forma muy acertada. Imaginaos un pie con un tacón invisible donde el talón nunca puede tocar el suelo y la flexibilidad para levantar la parte superior del pie (dedos) hacia la zona anterior de la pierna es prácticamente nula. También presenta una anomalía en la posición de la flexión plantar, en aducción e inversión, por lo que, por norma, el paciente camina de puntillas y además, se ve afectada la marcha y el equilibrio.

Hay muchas causas que llevan a una persona a tener uno o ambos pies equinos, en este caso, es una enfermedad neurodegenerativa y el tratamiento más efectivo son las medidas ortopédicas, la rehabilitación y la actitud.

A mí me sucedió esto en primavera de 2012 y, sino recuerdo mal, para navidad de ese mismo año ya estaba metida en el fascinante mundo de la ortopedia. Vamos, el sueño hecho realidad de cualquier post-adolescente 🙂

 

Las férulas equinas (hay de muchos tipos, como podéis ver en las fotografías) me han cambiado la vida. Sí. Es un hecho. Aunque tengamos una relación de amor-odio muy intensa. He probado de muchos tipos, materiales, medidas, colores y marcas y… seguiré haciéndolo porque, por suerte, siempre hay nuevos ojos y nuevas manos que inventan y se preocupan por la calidad de vida de las personas que las necesitamos.

Recuerdo las primeras que usé y solo con ese pensamiento… ¡Me duelen los talones!. Sí, me ayudaron inmensamente: dejé aparcada la silla de ruedas y conseguí salir a pasear sin tener ninguna mano pendiente de mí y de mis innumerables tropiezos. Pero las primeras férulas no fueron horribles, no, fueron H-O-R-R-I-B-L-E-S. Heridas que nunca se curaban, rozaduras en carne viva, zapatos con 3 tallas de más, muchos dolores plantares y un sin fin de problemas que por suerte, a día de hoy, ya no tengo.

Probé más férulas en los siguientes años hasta que di con las que llevo actualmente. Son una gozada. Me permiten hacer deporte y hacer vida de la mejor forma posible. También os digo que, a lo largo de este tiempo, he dejado de preocuparme por la estética (porque no nos engañemos, con 23, 24 y 25 me apetecía verme mínimamente decente frente al espejo) pero ahora, en mis planes, lo único que prima es la comodidad. Y por suerte mía, la moda de ahora que combina bambas con esmoquin me viene la mar de bien 🙂

Tuve la gran suerte de encontrarme por el camino a fisioterapeutas y sanitarios con la profesión recorriéndoles todos los poros del cuerpo. Gente entregada e insaciable que lo único que tiene en mente es darte las herramientas necesarias para mejorar. Desde aquí les doy las gracias porque aprender lo aprendido sola no hubiera sido posible pero con profesionales llenos de humanidad, sí. Sin duda.

Alba Saskia