Si os escribo la palabra “salvavidas” y os pido que penséis en una imagen… ¿cuál os viene a la cabeza? ¿La típica del chaleco rancio que tanto uso le dieron en la película Titanic? ¿La del flotador naranja colgada en las casetas americanas de los lifeguards? Supongo que sí porque nuestra mente suele ser bastante inocente cuando trata estos conceptos pero yo, cuando pienso en esta palabra me viene otra cosa a la cabeza. No en un objeto. Más bien en un sentimiento difícil de explicar.

Porque hay personas que son salvavidas y te las enroscas por el pecho y sabes que nunca vas a naufragar. Hay situaciones que son salvavidas aunque te tengan con el agua hasta el cuello pero te mantienen a flote. Hay amores, hay experiencias, hay aprendizajes, hay profesiones y profesionales que lo son y lo serán siempre.

Hace años que me topé con una profesión a la que no conocía, no sabía de su existencia porque, como otras tantas cosas en la vida, nunca la necesité. Y cuando la necesidad llamó a mi puerta me fui en su busca, la encontré detrás de otras profesiones mucho más comprendidas socialmente y me enamoré de ella, de su eficacia y de sus secretos. La LOGOPEDIA me salvó. No puedo decirlo de otra forma menos dramática. Me salvó tanto física como emocionalmente de las secuelas de una enfermedad rara. Una de las secuelas más severas del Síndrome de Brown Vialetto Van Laere fue una disfagia (es la imposibilidad de deglución tanto de sólidos como de líquidos).

Por lo tanto, imaginaos que los músculos de vuestro cuello se paralizan hasta dejar a un lado su funcionalidad. Eso fue lo que me sucedió de la noche a la mañana. Los médicos sí, me solucionaron parte del problema conectándome una sonda gástrica en el estómago y así poder alimentarme por allí pero ¿y mi calidad de vida? ¿Dónde estaba? ¿Desde los 21 años hasta mi vejez iba a estar comiendo por unos tubos que me salían del estómago y se conectaban con unos frascos marrones nada apetecibles? ¿Me iba a conformar con no volver a comer nunca más?

Nadie, salvo el tiempo, me contestó a esas preguntas. El tiempo, una muy buena logopeda y mi constancia me devolvieron la movilidad de esos músculos y, dos años más tarde, lo celebré comiéndome una pizza de muuuuchos quesos en la mismísima Toscana. Por lo tanto, esta ciencia tan infravalorada que se ocupa del estudio, el diagnóstico, la rehabilitación y la prevención de los trastornos de la comunicación humana fue mi salvavidas y le estaré eternamente agradecida.

 

Y le pedí a Noe, una logopeda a la que admiro desde todos los ángulos de la vida, que escribiera lo que significaba para ella esta profesión convertida en filosofía de vida. Y dice lo siguiente…

Cinco años atrás, si alguien me hubiese dicho que hoy estaría a punto de ser una profesional sanitaria, no lo hubiese creído. No era algo que estuviera en mi mente consciente. Tampoco en mis planes académicos a corto plazo. Pero si algo no hubiese creído, es que tendría el placer de poder acompañar en parte de su aventura a una guerrera de la talla de Alba. O que mi destino estaba en ayudar a las personas a superar los obstáculos que les plantea la vida. Sea como fuere, aquí estoy, y he venido para quedarme. Me llamo Noelia Delgado Martín, y estoy a punto de acabar el grado en Logopedia por la Universidad Complutense de Madrid. 
Yo iba para “científica”, lo que no sabía era de qué manera. La Logopedia llamó a mi puerta, entró, lo revolucionó todo y, a día de hoy, no puedo estar más agradecida de que así fuera. Vino sin avisar, sin decir todas las grandes experiencias que tenía preparadas para mí, ni todas las personas maravillosas que iba a conocer. Y hablando de personas, Alba. Alba apareció en mi vida mientras cursaba segundo año de carrera: un día, leyendo las noticias en un periódico digital, vi un reportaje que rezaba así: “joven con enfermedad rara, finalista de los Premios Planeta”. Enfermedad-rara. Esas dos palabras resonaron en mi cabeza y no pude evitar leer su historia. Después de eso, vino la búsqueda en buscadores especializados sobre aquella desconocida patología que afecta a menos de 100 personas en el mundo y después, la inmersión en el mundo de Hope, palabra que la define a la perfección. Esperanza. Desde ese momento, supe que parte de mi vida profesional y sobretodo, personal, estaría ligada a ella, y a todas aquellas personas únicas que conviven diariamente con una enfermedad rara. 
Pero ¿cómo? ¿qué podía hacer yo?, la respuesta estaba justo delante. 
La logopedia es una profesión hecha por y para personas: bebés, niños, adultos y mayores, concebida para brindar soluciones terapéuticas a los problemas que pueden afectar a nuestra capacidad para comunicar, al lenguaje, a la audición, o a la forma en la que llevamos a cabo acciones ta “sencillas” como respirar o tragar. Todos, en cualquier momento de nuestra vida, somos susceptibles de padecer alguna alteración, trastorno o dificultad que nos impida expresarnos, comprender, escuchar, tragar o hablar. Siendo más técnicos, podríamos definir la Logopedia como una disciplina sanitaria, cuyo ámbito de actuación abarca la prevención, evaluación, diagnóstico y tratamiento de todas aquellas alteraciones y/o trastornos que afectan a la comunicación, el lenguaje, la audición y el desempeño de las funciones orofaciales (F.O.), entendidas éstas como la respiración, alimentación, fonación y articulación del habla, así como las funciones asociadas a las mismas (succión, masticación, entre otras). 
La logopedia es una disciplina basada en el trabajo en equipo. En este trabajo multidisciplinar, todos remamos hacia un mismo objetivo: la mejora de la calidad de vida de las personas. Actualmente, en España, hay unos 3 millones de personas afectadas por una enfermedad rara (dato obtenido de FEDER). Muchas de estas enfermedades, se manifiestan o afectan a facultades como las citadas anteriormente, poniendo en jaque no sólo las habilidades sociales, emocionales y físicas de la persona, si no también su calidad de vida. 
No puedo decir más que gracias, a ella y a todas sus compañeras de profesión.
Alba Saskia