Desde que iniciamos este loco pero gratificante proceso de creación de una entidad sin ánimo de lucro hemos pasado por varias fases.

La primera y típica: estoy sobre estimulada de información y no sé por donde comenzar.

La segunda: creo que ya entiendo cómo va la cosa.

La tercera: me equivocaba, no sé nada. ¿No hay nadie que me pueda echar un cable? ¿¿¿NADIE???.

La cuarta: sigo sin saber mucho porque veo resultados, por lo tanto, estoy en el buen camino.

Y así continua la rueda, no dejamos de aprender, nos adaptamos a lo que venga, a lo que surja y, por supuesto, decimos ¡¡Sííííí!! a cualquier proyecto y experiencia que se nos entrevere por el presente.

De esa premisa nació la idea de hacer ponencias en colegios, institutos y demás organizaciones. No fue una idea diseñada y premeditada con ese fin, sino que alguien nos lo propuso y el resultado superó con creces nuestras expectativas. La primera vez que cogí un micrófono delante de unos sesenta niños para contarles que, la vida, a veces, no era justa y que debemos de ser valientes, todo dicho con las palabras exactas, no fue sencillo. Me las vi y deseé para no salir corriendo de allí pero, para mi sorpresa, a los pocos minutos había captado la atención de todos. Alumnos y profesores, todos pendientes de mis palabras.

 

 

¿Por qué? Mi teoría es simple: estoy desarrollando su empatía a través de mi propia historia contada con humor, realismo y cero victimismos. Insisto, no soy ninguna profesional licenciada ni nunca ha sido mi intención postrarme delante de nadie para marujear sobre una enfermedad o para contar mis pensamientos y/o sentimientos a raíz de una pero, si haciéndolo, colaboro a que alguien empatice el día de mañana con cualquier otra ser humano, me doy por satisfecha.

Siempre he pensado (y sigo manteniéndolo), que está de fábula saber hacer un raíz cuadrada, distinguir los hiatos de los diptongos y conocer lo sucedido en el siglo XVIII. Está genial, del mismo modo que me parece importante la psicología emocional de los niños y adolescentes. La salud mental es igual de importante que la física y… ¡qué infravalorada que está! Me alegra saber que, cada vez más, los colegios son partidarios a este tiempo de charlas y que se encargan de promover esos valores.

He aquí un ejemplo. Al terminar una de mis ponencias, sin yo pedírselo a nadie, los mismos alumnos me entregaron este papel con las reflexiones que habían hecho de mis palabras. Palabras llenas de cariño, libres de adoctrinar en algún sentido, al contrario, palabras rebosantes de verdad y esperanza. “Con la constancia no hay límites si queremos conseguir alguna cosa”, “destacar nuestras virtudes” y “Hacer ver a una persona con discapacidad que es como cualquier otra, todos somos iguales” fueron frases mágicas que surgieron de ellos, no eran mías, salieron de dentro suyo.

 

 

A todo esto, ¿qué es la empatía? Lo de ponerse en la piel del otro suena a frase amañada de Paulo Coelho pero viene siendo así. Siempre les cuento que es como caminar con los zapatos de otra persona (e incluso cuando son grupos pequeños hacemos el ejercicio in situ y ellos me cuentan sensaciones, incomodidades y miedos) y creo que la definición no va mal encaminada con mis explicaciones.

La empatía es la capacidad de comprender

la vida emocional de otra persona,

casi en toda su complejidad.

Como seres humanos tenemos cualidades innatas pero eso no quiere decir que, lo de ser empáticos, no se pueda desarrollar a cualquier edad. Creo que una persona que sabe escuchar (no solo oírte, que son verbos tan diferentes…), mirarte a los ojos, no juzgarte por tus diferencias, comprenderte y no invadir tu espacio personal, esa persona, sea quien sea, tenga lo que tenga, se apellide como se apellide, esa persona vale mucho. Tiene un valor incalculable y se padezca o no una enfermedad rara, se agradece tener cerca a alguien así.

Y de esa forma se empieza a comprender que, cada pequeño acto, da una suma de calidad.

Alba Saskia